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Un viaje maravilloso por la Polinesia Francesa

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La Polinesia Francesa es uno de esos destinos que siempre vemos en las fotos de revista como un lugar perfecto para ir de vacaciones, con sus aguas azul turquesa y sus cabañas sobre el mar, nos hace soñar con un lugar paradisíaco, donde podremos descansar y relajarnos mientras disfrutamos de un maravilloso entorno.

No es fácil llegar y eso lo hace un destino mucho más exclusivo y especial. 

La Polinesia Francesa se encuentra en medio del Pacífico y se compone de más de cien islas, pero, sin lugar a dudas, el destino más característico es Bora Bora con sus bungalows sobre el agua.

Nosotros hicimos un viaje por el triángulo polinésico y volamos desde Hawaii, pasamos una semana en la Polinesia Francesa y continuamos nuestro viaje a Isla de Pascua.

Tahiti

La isla principal donde se aterriza es Tahití y en su propio aeropuerto se puede alquiler un coche para poder recorrer la isla con total libertad. 

Nosotros nos quedamos en un Airbnb de una chica francesa que llevaba muchos años viviendo allí, el lugar era precioso, la casa estaba situada en una colina en lo alto de Papeete, la capital de Tahiti desde donde se podía disfrutar de una fabulosa piscina con vistas al mar a un precio bastante más asequible que los lujosos hoteles de la isla.

Llegamos tarde, casi de madrugada, la ciudad estaba tranquila y no sería hasta el día siguiente cuando pudimos percatarnos del ambiente isleño.

La ciudad de Papeete llena de grafitis, el puerto despampanante y su gran mercado le hacen ser una ciudad llena de vida.

Tahiti tiene forma de pez y se divide en dos partes, Tahiti Muli y Tahiti Iti, la grande y la pequeña respectivamente, unidas por una pequeña línea de tierra.
Tomamos el coche y partimos en ruta a bordear la isla, teníamos varios puntos marcados que no nos queríamos perder, entre ellos:

- LA CASCADA DE FAARUMAI

Conocida como el sitio de las tres cascadas, la más accesible es la primera de ellas.

El origen proviene de Fauai, una adolescente, hija de un temido hombre que no le dejaba hablar con otros jóvenes de su edad y, si alguno se atrevía a acercarse a ella, lo mataba. Pero un día, Fauai, se alejó de su padre y encontró al genio de este valle, que se enamoró de ella y la ocultó junto a él tras las cascadas. Los guardias que la seguían dicen que también fueron ocultados bajo la tercera cascada.

- LA CUNA DEL SURF Y SU OLA FAMOSA TEAHUPOO

Como ya he comentado en anteriores ocasiones, mi marido es amante del surf y siempre hace que nos acerquemos a los puntos más míticos de ese deporte, así como conté en nuestro viaje por Lisboa y alrededores, con la gran ola de Nazaré.

Y aquí estábamos de nuevo, ante uno de lo sitios más famosos para los seguidores de este deporte. La ola Teahupoo es considerada una de las olas más perfectas que existen, se forma en el arrecife y, si quieres ir a contemplarla de cerca, hay tours que te llevan hasta ella.

- PLAYA DE PUNAAIA

La gran mayoría de las playas de Tahiti son de arena negra a excepción de la playa Punaauia, por ese motivo teníamos ganas de adentrarnos en sus aguas desde aquí.
La claridad hace que nada más meterte puedas ver diferentes pececillos nadando alrededor, es un lugar ideal para hacer snorkel.

Pero, sin duda, mi lugar y momento preferido de la isla fue el atardecer en el hotel Intercontinental.

Los colores que aparecieron en el cielo describían un arte momentáneo que intenté inmortalizar con mi cámara de fotos, pero ni el mejor objetivo podría replicar la sensación y la imagen que mis ojos podían ver en aquel atardecer.

Te recomiendo cuadrar tu visita y pararte aquí a tomar una Hinano, la cerveza autóctona del lugar, mientras admiras como el sol desaparece por el mar.

Moorea

Al día siguiente, partimos ruta a Moorea, isla que se encuentra tan solo a 30 minutos en barco. No pasamos mucho tiempo, puesto que volvimos en el día. Sin embargo, es famosa por el atolón que la rodea y desde donde pueden nadar con muchas especies marinas, también es un buen lugar para poder pasar una noche o cenar al menos en uno de sus hoteles sobre el mar.

Nosotros alquilamos una motocicleta al bajar en el puerto y fuimos a perdernos por la isla, recorriendo su naturaleza frondosa, sus palmeras y aprovechando cada lugar para adentrarnos en el agua con nuestros snorkels y disfrutar de los corales, peces y colores llenos de vida de sus aguas.

Moorea es mucho más tranquila que la isla que habíamos dejado en la mañana y se notaba hasta para comprar algunas provisiones, ya que era difícil encontrar tiendas o lugares en los que repostar energía a lo largo de la isla. Sin embargo, sí había tranquilidad y naturaleza en estado puro.

Además de recorrer la isla, nos adentramos a su interior para subir al mirador de Belvedere, desde el cual se alcanza a divisar las bahías de Cook y Opunohu.

Bora Bora

Continuamos nuestro viaje tomando un vuelo desde Papeete, nada barato, por cierto, a la isla Bora Bora, estaba aproximadamente a una hora de distancia. El vuelo se hace en un avión de hélices, no apto para personas con vértigo o miedo a volar, pero es un viaje de turismo en sí mismo, ya que, al sobrevolar la isla, el paisaje desde la ventana es espectacular. Puedes observar los atolones de ese color tan vivo que uno imaginaba y que cuando lo ve, debajo de sus pies, realmente piensa que ha merecido la pena lo que ha costado llegar hasta ahí.

Aquí pasamos tres días de ensueño, nos quedamos en una casita junto al mar, con su ducha exterior y su escalera para descender y darse un chapuzón al despertar y desde la que también pudimos disfrutar de unos buenos atardeceres.

Tomamos un tour que nos llevaría a lo que llaman el “acuario”, lugar donde hay muy poca profundidad, mucha arena y una gran cantidad de vida marina, el agua era simplemente azul, de un azul transparente que no deja indiferente a nadie.

Pudimos nadar con tiburones, dar de comer a manta rayas y divisar montones de peces de colores.

La polinesia francesa es famosa por sus perlas, de hecho, representa uno de los mayores ingresos de la isla, el cultivo de estas lleva consigo un extremado cuidado bajo la mirada de expertos, pues se estima que sólo el 2% de las ostras cultivadas dan lugar a una perla perfecta, traducido en su precio exclusivo.

Como pare del tour, también pudimos visitar el Motu Piti, motu es el nombre polinésico a las islas pequeñas. En este lugar existe una pequeña montaña que al ascenderla se puede disfrutar de unas preciosas vistas sobre el atolón, ahí pudimos disfrutar de un rico almuerzo con vistas a la isla de Bora Bora.

Al día siguiente, recorrimos la isla por nuestra cuenta en una moto, descubriendo la naturaleza, adentrándonos al mar con nuestros snorkels y enamorándonos de un lugar maravilloso.

Algo muy famoso de la polinesia son las llamadas Roulottes, son lugares con caravanas que ofrecen comida de diferentes tipos, casi siempre incluyen pescado en sus elaboraciones, es la manera más fácil de sentir la gastronomía auténtica del lugar.

~

Este fue mi viaje disfrutando de este precioso lugar, espero que te haya gustado y que si tienes oportunidad de ir, nos lo cuentes con todo detalle en los comentarios.

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